¿Te quedarás? Prometió quedarse hasta el fin del mundo… y luchar por él

 

¿Te quedarás?



—¿Te quedarás?

Él miró a su hermana.

Detrás de ella, el pueblo ardía.

Su padre había muerto. Su madre había escapado con los demás, pero el camino ya estaba lleno de soldados que huían de la batalla.

Él tenía diecisiete años.

Su hermana, doce.

—Todos se están yendo —susurró ella—. ¿Tú también?

Él miró el camino.

Después miró el pueblo.

La panadería donde trabajaba su madre.

La pequeña herrería de su padre.

El viejo roble bajo el que habían pasado cada verano desde que eran niños.

Su hogar.

—No.

Su hermana se limpió las lágrimas.

—¿Lo prometes?

Él se quedó inmóvil.

Todos conocían el poder de una promesa en Promiseland.

Las palabras no eran simples palabras.

Una promesa podía convertirse en fuerza. Cuanto más grande era el juramento, mayor era el poder que podía otorgar.

Pero había una condición.

Si rompías tu promesa, el precio se cobraba de aquello sobre lo que habías jurado.

Él debería haber tenido cuidado.

Debería haber dicho simplemente que sí.

Pero en lugar de eso, se arrodilló frente a su hermana y aflojó la tela que cubría su boca.

La miró directamente a los ojos.

—Te lo prometo.

El aire pareció detenerse.

—Te prometo que me quedaré hasta el fin del mundo...

Le puso una mano sobre la cabeza.

—...y lucharé por él.

Algo invisible atravesó su cuerpo.

Su miedo desapareció.

Las heridas que tenía comenzaron a cerrarse.

Sus músculos se tensaron.

Una fuerza que nunca había sentido recorrió cada parte de su cuerpo.

Su hermana sonrió.

Él también.

Ninguno de los dos entendía lo que acababan de hacer.

Ninguno imaginaba que aquellas palabras cambiarían sus vidas para siempre.

Y mucho menos que cambiarían el destino del mundo.


Él luchó.

Ganó.

Después volvió a luchar.

Y volvió a ganar.

Con el tiempo se convirtió en soldado.

Después en caballero.

Y finalmente en algo mucho más grande.

La gente comenzó a contar historias sobre él.

Decían que no podía morir.

Decían que podía atravesar ejércitos enteros.

Decían que había sobrevivido a heridas que habrían matado a diez hombres.

Pero nadie conocía la verdad.

Él simplemente había hecho una promesa.

Pasaron los años.

Se casó.

Tuvo hijos.

Construyó una casa.

Durante un tiempo, olvidó las guerras.

Por primera vez, tuvo una vida normal.

Envejeció junto a la mujer que amaba.

Vio crecer a sus hijos.

Vio a sus hijos tener hijos.

Y finalmente, a los ochenta y dos años, murió tranquilamente en su cama, con la mano de su esposa entre las suyas.

Fue una muerte pacífica.

Sin batalla.

Sin sangre.

Sin dolor.

Pensó que todo había terminado.

Entonces abrió los ojos.

Estaba otra vez en un campo de batalla.

Su cuerpo era joven.

Sus manos eran fuertes.

Su espada estaba a su lado.

Miró alrededor.

No reconocía el lugar.

Su esposa no estaba.

Sus hijos tampoco.

Intentó recordar sus rostros.

Recordaba que los había amado.

Recordaba sus risas.

Recordaba haberlos abrazado.

Pero sus caras...

Habían desaparecido.

Como si alguien hubiera borrado sus recuerdos con una mano.

Entonces recordó la promesa.

Y se levantó.

Volvió a luchar.


Murió otra vez.

Una lanza atravesó su pecho.

Sintió cada segundo.

Después murió quemado dentro de una casa.

Luego se ahogó cuando un barco se hundió.

Murió aplastado bajo una fortaleza durante una guerra.

Una vez, un hacha le arrancó el brazo antes de que un enemigo acabara con él.

Recordó perfectamente cómo su propia mano cayó al suelo.

Después llegó la oscuridad.

Y cuando despertó...

Su cuerpo estaba completo.

No quedaba ninguna herida.

Pero el dolor seguía dentro de su cabeza.

Y volvió a luchar.

Los años se convirtieron en décadas.

Las décadas se convirtieron en algo que ya no sabía nombrar.

Al principio empezó a escribir.

Tenía miedo de olvidar.

Escribió su nombre.

Escribió los nombres de sus padres.

Escribió el nombre de su esposa.

Escribió los nombres de sus hijos.

Escribió el nombre del pueblo donde había nacido.

Y, sobre todo, escribió sobre su hermana.

Una noche escribió:

Mara. Mi hermana. La amaba. No la olvides.

Leyó aquella frase cientos de veces.

La guardó.

La volvió a leer.

Hasta que un día abrió el cuaderno y encontró aquella misma frase.

La miró durante varios minutos.

Después sintió algo extraño.

Sabía que Mara era importante.

Sabía que la había amado.

Sabía que había sufrido por ella.

Pero no podía recordar quién era.

Ni su rostro.

Ni su voz.

Ni siquiera el sonido de su risa.

Solo quedaba su nombre.

La letra era suya.

El dolor era real.

Pero el recuerdo había desaparecido.


Con el tiempo dejó de contar sus muertes.

Al principio eran fáciles de recordar.

Tres.

Siete.

Veinte.

Después fueron demasiadas.

Cincuenta.

Cien.

Quizás quinientas.

Luego los números dejaron de significar algo.

Su cuerpo podía sobrevivir.

Su mente, no.

Seguía siendo humano.

Y los humanos no están hechos para vivir durante miles de años.

Olvidó conversaciones.

Olvidó ciudades.

Olvidó reyes.

Olvidó guerras.

Olvidó idiomas.

A veces despertaba gritando por un dolor que no podía explicar.

Otras veces encontraba cicatrices en una vieja armadura y no tenía la menor idea de cómo las había conseguido.

Una vez alguien le preguntó:

—¿Cuánto tiempo llevas vivo?

Él pensó durante unos segundos.

—Quizás mil años.

El historiador que tenía delante palideció.

—Eso no puede ser.

—¿Por qué?

El hombre abrió un enorme libro.

—Tu nombre aparece en registros anteriores al calendario actual.

Él frunció el ceño.

—¿Y eso qué significa?

—Que esos registros tienen más de cuatro mil años.

Él soltó una pequeña carcajada.

Pero dejó de reír casi inmediatamente.

Cuatro mil años.

La cifra debería haberle parecido imposible.

Pero no le produjo nada.

Ni sorpresa.

Ni miedo.

Ni siquiera asombro.

Cuatro mil años no se sentían como cuatro mil años.

No se sentían como nada.

Su mente simplemente no estaba diseñada para contener tanto tiempo.


Un día alguien le hizo una pregunta que llevaba siglos temiendo.

—Seguramente el mundo debe estar cerca de su final.

Él levantó la mirada.

Observó el horizonte.

Las montañas seguían allí.

Los océanos seguían moviéndose.

Los bosques seguían creciendo.

Las ciudades seguían apareciendo.

La gente seguía enamorándose.

Los niños seguían naciendo.

Y los ancianos seguían muriendo.

El mundo continuaba.

Como si nunca hubiera oído hablar de su promesa.

—No lo sé —respondió.

—¿Cuánto tiempo llevas luchando?

Miró su espada.

—No recuerdo.

—¿Miles de años?

—Tal vez.

—¿Millones?

Él levantó lentamente la cabeza.

Miró al hombre.

—No lo sé.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió algo parecido al cansancio.

No era cansancio físico.

Su cuerpo podía seguir luchando.

Era algo mucho más profundo.

Estaba cansado de existir.

Quería acostarse.

Quería cerrar los ojos.

Quería que todo terminara.

Pero el mundo seguía vivo.

Y la promesa seguía dentro de él.

Cerró los dedos alrededor de la espada.

—¿Por qué luchas? —preguntó el extraño.

Él abrió la boca.

Por un instante apareció una imagen.

Un pueblo en llamas.

Un viejo roble.

Una niña de doce años llorando frente a él.

Después...

Nada.

El recuerdo desapareció.

—No lo recuerdo —dijo.

El hombre lo miró confundido.

—Entonces, ¿por qué sigues luchando?

Él miró hacia el horizonte.

Y esta vez la respuesta llegó sin esfuerzo.

Porque había olvidado casi todo.

Su familia.

Su esposa.

Sus hijos.

Su pueblo.

Su nombre.

Incluso el rostro de la niña por la que había comenzado todo.

Pero había una cosa que todavía podía recordar perfectamente.

Su promesa.

—Prometí quedarme hasta el fin del mundo...

Se puso de pie.

Apretó la espada.

—...y luchar por él.

Y comenzó a caminar.

A lo lejos se escuchaban los tambores de otra batalla.

El mundo detrás de él era increíblemente antiguo.

El mundo delante de él parecía completamente nuevo.

Y en algún lugar perdido entre ambos existía todavía un muchacho de diecisiete años.

Un muchacho que una vez tuvo una hermana.

Un muchacho que amaba a su familia.

Un muchacho que tenía un hogar.

Un muchacho que solo quería proteger a la única persona que le quedaba.

Ese muchacho había desaparecido hacía miles de años.

Su rostro se había borrado de la memoria.

Su familia había desaparecido.

Su pueblo había desaparecido.

Sus recuerdos habían desaparecido.

Incluso su propia historia se había convertido en polvo.

Pero la promesa seguía allí.

El mundo seguía allí.

Y ninguno de los dos parecía tener intención de terminar.

Así que el hombre caminó hacia la próxima batalla.

Como siempre.

Como había hecho durante miles de años.

Y mientras el sol comenzaba a caer sobre el horizonte, una última frase apareció en su mente.

Una frase que no sabía de dónde venía.

Una voz que ya no podía reconocer.

Una niña preguntándole:

—¿Te quedarás?

Él sonrió.

—Sí.

Y siguió caminando.

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